Hay sillas que uno no recuerda haber visto por primera vez porque siempre estuvieron ahí. La silla Thonet nº 14 es una de ellas: aparece en las fotografías de cafés de principios del siglo XX, en el cine ambientado en Viena o en París y, todavía hoy, en terrazas y comedores de Madrid. Su silueta de madera curvada, tan ligera que parece dibujada de un solo trazo, sigue siendo una pequeña lección de diseño.
Su historia empieza con Michael Thonet, ebanista alemán afincado en Viena que llevaba años experimentando con madera de haya doblada al vapor. En 1859 llegó al mercado el modelo nº 14, concebido como una silla sencilla y asequible para cafés y locales públicos. No pretendía ser un icono. Pretendía resolver bien un problema práctico, y quizá por eso lo logró.
La clave estaba en la economía de medios. Seis piezas de madera, diez tornillos y dos tuercas bastaban para montarla, de modo que podía transportarse desmontada, en cajas compactas, y ensamblarse en destino. Era, en cierto modo, un mueble de embalaje plano mucho antes de que el concepto se popularizara. Con esa lógica industrial, el buen diseño dejó de ser un privilegio artesanal para convertirse en algo al alcance de casi cualquiera.
Con los años, las copias y variantes se multiplicaron por Europa, y hoy hablamos de «silla de café» o «silla vienesa» casi como de un género propio. Hasta Le Corbusier, nada dado a la nostalgia, admiraba las sillas de madera curvada y las llevó a sus interiores modernos. Cuando un objeto gusta por igual a los hosteleros del XIX y a los arquitectos del XX, conviene fijarse en él.
Madrid, ciudad de tertulias y de café largo, le ofreció acomodo natural. Locales con solera como el Gijón o el Comercial, nacidos a finales del siglo XIX, han conservado esa estética de veladores de mármol, espejos y madera oscura en la que una silla curvada encaja como si hubiera nacido allí. Lo mismo ocurre en muchos bares de barrio, donde su perfil forma parte del paisaje sin que nadie repare en él.
¿Por qué sobrevive un mueble tantas décadas? Por varias razones sencillas. Es ligera y se mueve sin esfuerzo, resiste el uso intensivo, está hecha de un material noble que envejece bien y puede repararse. Además, su estructura es honesta: se ve cómo está construida, y esa claridad no pasa de moda. Las proporciones, ni excesivas ni tímidas, hacen el resto.
En una casa de hoy funciona mejor de lo que se piensa. Alrededor de una mesa de madera maciza o de una de mármol o terrazo, aporta un aire de café sin caer en el decorado. Se lleva bien con piezas contemporáneas, y mezclar dos acabados, por ejemplo unas en negro y otras en madera natural, da un resultado más espontáneo que una docena idénticas. El asiento de rejilla suma textura y ligereza visual.
No tiene por qué quedarse en el comedor. Una sola silla en un recibidor, junto a un escritorio o al pie de la cama en un dormitorio resuelve una necesidad y añade carácter. Conviene fijarse en la calidad del curvado y en las uniones, y no descartar el mercado de segunda mano: los anticuarios y El Rastro siguen guardando sorpresas a buen precio.
Al final, lo que enseña la nº 14 es que una pieza bien pensada puede cambiar de siglo y de escenario sin perder sentido. En el estudio solemos mirar estas piezas con respeto cuando proyectamos una vivienda: no por nostalgia, sino porque ya han demostrado, café tras café, que saben acompañar la vida de las personas.

